NOVIEMBRE 2007
Cultura
IZ / Gerardo Moncada - Adriana Sandoval
Retomando la ruta del vino en B.C., se sitúa en la colonia  Rusa de Guadalupe a 12 kilómetros de
Ensenada, lugar muy peculiar; un panteón ruso con lápidas muy raras, y con textos en idioma “Malakan”,
tienen grabadas a cincel flores redondas, símbolo de la paz. Son abundantes los apelativos: Katchirizqui,
Ivanof, Cotkoff, Chaplug, Rudametkin, etcétera. Aclarando que esas tierras desérticas las otorgó Porfirio
Díaz en 1901 y los rusos dieron un sello diferente a la región, muy tesoneros cultivaron uvas, manzanas,
duraznos, olivos, granadas, trigo y algarrobo. Pusieron vinaterías y panaderías, en pocas palabras el valle
se llenó de “dashas” o sea casas típicas de Rusia, con techos a 4 ángulos y sus baños de vapor tipo
temascales con las notas exóticas de su religión pacifista “Malakan”.
Su gastronomía, música y vestuario, hombres y mujeres altas y rubias, ˇAh! y una tecnología de agricultura
avanzada, gente muy religiosa y progresista. Se integraron a la población y costumbres sin perder sus
características, repito: son una nota exótica y vale la pena conocer su historia en dos museos comunales
existentes en el valle, donde además por 50 pesos se paga la entrada, incluyendo un refrigerio de vino,
queso, aceitunas, pan, guisos, fruta y postres, por supuesto todo en pequeñas cantidades; muy sabrosos.
Esa región, por cierto de tipo y clima mediterráneo, ya era antigua la cultura del vino en la vieja misión
franciscana del valle y pueblo de Santo Tomás, a 40 kilómetros de Ensenada, a partir de ese punto
comienza la ruta de las misiones y “Los oasis”, después sigue la misión de San Vicente Ferrar, en mi
opinión la más grande y conservada de franciscanos, aunque sólo quedan muros, dan la idea exacta de
los que fue. El sitio cuenta con una casa moderna, vivienda de los guías y guardianes, dependientes del
“INHA”.
Por otro lado el terreno es ideal; buen clima, agua y pastizales, abunda la agricultura, fruticultura y
ganadería, por eso el término de “oasis” ya que en pasados siglos era muy difícil llegar a eso lugares, no
existían los pueblos o ciudades hoy conocidas.
Siguiendo rumbo sur encontramos las misiones dominicas de Santo Domingo, San Quintín, El Rosario y
San Fernando Velicata, todas ellas en ruinas, fueron lugares muy temporales, edificados con adobe al
igual que las construcciones franciscanas más al norte, ahí el reflejo de la fuerza moral inferior, en cambio
las de los jesuitas como San Borja, Santa Gertrudis “La Magna” por sus grandes dimensiones, San Javier,
Mulege, Comondu, La Purísima, Melibat están firmes, las grandes fincas de piedra y cantera en lugares
inconcebibles hasta la fecha: fuera de caminos, parecen esqueletos de dinosaurios retando al tiempo y la
soledad, todas dotadas de manantial, huertas y palmas datileras, caña de azúcar, cítricos y viñedos,
grandes manadas de chivos, borregos y los infaltables olivares, aguacates, manzanas y todos los frutales
llevados por los jesuitas.
Esta orden fue expulsada por Felipe II en 1776 de toda América, entraron al quite los monjes dominicos y
franciscanos, pero la fuerza y convicciones de los discípulos de San Ignacio, se conserva original e
integrada al culto, pertenece al pueblo grande y moderno, sin perder su personalidad de oasis y
tranquilidad donde aún se duerme la siesta del medio día, lugar famoso por sus dátiles y espíritu
“holgazán”.
Siguiendo viaje ya dejamos atrás la bahía y desierto de Vizcaíno con sus salinas de “Guerreros Negro”
parece ser, una de las más grandes del mundo. Hacemos un giro al noroeste y llegamos a Santa Rosalía
antigua mina de cobre, ya agotadas llama “El Boleo”, cuyas minas e instalaciones ya son museos, pueblo
comerciante y progresista que contaba con un pequeño ferrocarril para actividad minera, el nombre del
Boleo era porque así se encontraba el metal, fue explotada por franceses desde mediados del siglo XIX,
con régimen de explotación semi esclava. Se preguntaba: ¿esos sembradíos? del Boleo Señor, ¿esas
vacas? del Boleo Señor, y así todo, incluso seres humanos, los franceses vivían en las mejores casas del
lugar llamados “Mesa Francia”.
La iglesia actual importada de Francia, metálica totalmente fabricada por Gustavo Eiffel, el constructor de la
torre símbolo de Paris, parece que su familia era concesionaria de Santa Rosalía, a donde se llevó por
barco y armada en el lugar; por supuesto “Mesa Franco”.
La misiones de San Borja, muy conservada y con algunos habitantes viviendo de escasa producción de
legumbres y frutas y con una cercanía a la misión casi desaparecida de “Calamanjue”, la más situada al
norte junto a la sierra del mismo nombre.
Un poco al sur 280 kilómetros está la más importante “Santa Gertrudis La Magna”, por sus grandes
dimensiones, con el mismo carácter de oasis, lugar dedicados al culto de escasa población, al estar en
esos lugares se pregunta: ¿por qué aquí? en lugares hasta hoy tan solitarios… ¿cuáles fueron las razones
o visiones de misioneros como Kino, Salvatierra, Ugalde, Kandamandag, Picolo, sólo se me ocurre que
fueron gigantes en fe y determinación, atravesaron desiertos y sierra hoy casi insalvables, aún con los
modernos medios de locomoción. El tema hoy abordado es Sol, un pequeńo esbozo de otro México, el que
sólo unos cuantos nos ha tocado conocer, B.C... No sólo en playas y hoteles de Los Cabos y La Paz, es el
pasaje desértico, son sus montañas y bahías de refugio de ballenas, sus gentes descendiente de
noruegos, ingleses, franceses e italianos, de filibusteros, franciscanos y jesuitas, de naturales guaycuras,
pericues, pai pai, kilywas, mezcaleros y apaches.
Su peculiar flora y fauna que sedujo y formó fantasías de ciudades de oro y amazonas, el encanto de la
tierra de “cálida formax”.
Hasta la próxima tercera parte.
“A punta de
huarache”